
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Los Carsios han caído. El Enemigo avanza sin restricciones, destruyendo todo a su paso mientras la esperanza de Belalia se apaga y los Dioses guardan silencio.
Viva de milagro, Aveun se encuentra sola en un mundo al borde del colapso que la busca con desesperación. Sin poder confiar en nadie, se adentra en tierras desconocidas con un único objetivo: salvar a los que ama antes de que sea demasiado tarde.
Para lograrlo, deberá cruzar el territorio enemigo de parte a parte, sellar pactos con entidades aún más peligrosas y encontrar aliados en los lugares más insospechados.
Olatz Sánchez Meruelo escribe bajo el pseudónimo Eran Mineri. Estudió Publicidad y RRPP y ha recibido varios premios por sus historias cortas, como el primer premio juvenil 2005 Nuestro Concurso de Relatos Breves, organizado por la Diputación Foral de Bizkaia y Notas Migratorias Cesar Vallejo 2024. Dispone de tres novelas publicadas: El Rincón, Escupiendo Fuego, y La Marca de los Dioses I: Inocencia, publicado en esta misma casa editorial. Si no la encuentras delante de su ordenador escribiendo, es porque ya está de nuevo viajando.
«Aveun ya no es una niña. Se encuentra sola en un mundo hostil y tiene las herramientas básicas para sobrevivir. Podríamos creer que está preparada, pero apenas acaba de empezar su viaje y descubriremos que sigue siendo inexperta en esto de mantenerse en pie. Así como salimos de la universidad con los conocimientos justos, ella saldrá a Belalia necesitando de personas que la ayuden en el camino.
La Marca de los Dioses nació como un todo completo, un camino en busca de la identidad. Está lleno de incertidumbre, de peligros y de enseñanzas. Pero también de oportunidades para aquellos que sean capaces de arriesgarse.»
«La muchacha se despertó vomitando el agua de mar alojado en su estómago que pugnaba por salir entre fuertes toses. El bamboleo del suelo no ayudaba en nada a su maltratado vientre, y solo deseaba sumirse en el profundo sueño del que la habían arrancado. Poco a poco abrió los ojos a la intensa luz que lo envolvía todo. El susurro del agua y el chillido de las gaviotas terminaron por ubicarla. Estaba sobre un barco que apestaba a pescado y algas, tirada en la cubierta de madera por la que media docena de personas pateaban con demasiado fuerza, sombras vagas a sus ojos irritados.
—¡Arriad esa vela, hijos de la Gran Kahara! —oyó el grito de alguien, y los apresurados pasos que lo siguieron—. ¡Como no lleguemos al Puerto de Loan para el anochecer, prometo por mi santa madre que habrá más mercancía para la venta!
Los ojos comenzaron a enfocarle, y pudo ver a aquellas extrañas personas. Vestían de forma muy variopinta, eran hombres fibrosos, musculosos. Parecían expertos marineros por la forma en la que subían por los obenques que sujetaban los dos mástiles de la goleta en la que se encontraban. Las velas se henchían por el embravecido viento, el cual también creaba olas enormes que dificultaban la navegación y empapaban la cubierta.
El capitán se encontraba en la popa de la embarcación manejando el timón. Era un hombre corpulento de mediana edad, con una frondosa barba que llevaba atada en varias coletas. Se reía sin dejar de gritar órdenes, mientras sus abultados bíceps tatuados luchaban contra el viento. Llevaba un curioso sombrero redondo y enorme que cubría toda su cabeza, un sombrero que le resultó familiar.
La muchacha intentó incorporarse, pero el dolor de la costilla rota se lo impidió. Estaba pegajosa por el agua de mar, y sus ropas se le pegaban al cuerpo, volviéndolas pesadas y dificultándole el movimiento. Sentía igual de agarrotadas todas las extremidades, agotada y herida como estaba. Al intentar llevar la mano a su pelo enmarañado, se dio cuenta que las tenía atadas con grilletes de hierro que tintinearon al levantarlas. Intentó sacar las muñecas pero estaban bien ajustadas y solo consiguió irritarse aún más la piel.
Poco a poco su mente se puso en marcha y, con una lucidez no exenta de incredulidad, se dio cuenta de que estaba viva. Seguía un tanto confusa, pero podía recordar fragmentos de lo ocurrido: el fuego, la sangre, el ataque. La caída por el acantilado y el choque contra el mar no habían acabado con ella por medio de algún milagro. Al parecer la habían salvado unos ¿marineros? ¿pescadores? Pero que por algún motivo, la habían encadenado. Y eso no podía ser bueno.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Olatz Sánchez Meruelo os lo agradeceremos.