
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Clan de Cómicos cuenta en esta temporada, nada menos, que con la gran estrella nacional del stand-up comedy: el único, el inigualable, el gran Héctor Depaula, dispuesto a batirse en duelo con el irreverente Enrique Pamela, con la joven revelación Beatriz Bennani y con su propio compañero de tablas, Sergio Soto.
Más desafiante aún, Héctor Depaula querrá hacer reír a su padre, pues poderosa es la risa. La risa es bálsamo y es veneno, es el regalo de nuestro Señor para que reflexionemos Su dolor. Poderoso es el cómico que moldea y difunde Su pneuma en dulce risa.
En esta temporada de Clan de Cómicos, el gran Héctor Depaula se batirá en duelo con una fuerza que no comprende tanto como desearía.
Rubén Cantos Castelló nació en Alcalá de Henares en 1993 y se graduó en Contabilidad y Finanzas por la Universidad de Alcalá. Actualmente, compagina su trabajo con comentarios de obras de terror y misterio, así como en lecturas de literatura religiosa y mítica.
Fruto de ello, debuta con la autopublicación de Alguien ha roto el cielo (2024, ed. Bubok) y participa en diversas antologías colectivas con los relatos «Mácula de jirafa» (La liturgia de los apóstatas, ed. Alas de Cuervo, 2024), «La otra orilla del ojo» (Sermón para profanos, ed. Mítico, 2025) y «Llagas de madera» (Las últimas alabanzas, ed. Alas de Cuervo, 2026), este último traducido también al portugués para la antología Testamento do medo. Su obra más reciente, El cómico en el pulmón de acero, es su primera novela publicada.
«Toda creación nace para ser juzgada: el escritor recuerda esto, y es cuando se refleja en la obra para descubrir su grotesca distorsión. Ahí mi ira, mi reintento. Descarte, tachón, borrador y una risa desesperada.
Pese a ello, prefiero escribir tragedias: la risa es peligrosa. El cómico abrocha su sonrisa y empapa sus labios. No sólo teme que la creación no funcione, sino que vuelva en su contra, pues a la par es la risa bálsamo y veneno. ¿Es esta risa la que él pretende despertar, o la que despierta contra él? ¿Qué sacrificios está dispuesto a afrontar por escuchar ese néctar que alimenta su ego insaciable?
El cómico en el pulmón de acero es mi obra: un collage de tachones cicatrizados y de mil narraciones, deseando un público que la juzgue y complete.
Esas palabras, me temo, no serán mías.»
«El cómico de piel azul miró a izquierda y derecha. Primero, ligeramente; después, con bruscos giros cervicales. Palpó con sus manos el interior del pulmón de acero, acarició con las uñas su superficie lisa y metálica, procuró mover las piernas a un lado y a otro. Un grueso tubo ocupaba su cavidad bucal y se adentraba hasta lo más recóndito de su aparato respiratorio. Su boca pastosa emitió un alarido grumoso, sordo, ronco y, ante todo, profundamente doloroso. Del grito de dolor siguió otro, y luego otro con la boca cerrada, y así hasta que la fatiga de tamaña angustia terminó rindiendo su habla y arrancando su lágrima.
—¿Con qué lengua quieres gritar, Héctor?
Su compañero sí que podía escuchar sus gritos. Gritos que reverberaban en los ecos de su piel de cerámica y barro, que ondeaban su cuerpo de fuego puro, de pneuma rarefecho una vez libre y ambicioso, y que barrían con cada golpe de temblor el polvo de un tubo carnoso que conectaba su pecho con la faringe del cómico.
—Ahora que no tienes una lengua corrupta que contamine el pneuma de tus pulmones; ahora que las palabras, las historias, los ruegos y los lamentos fluyen sin cesar por tu boca; ahora sé, Héctor, que has escapado de Su castigo.
Héctor veía aquel colosal cilindro de barro flotar en horizontal sobre él, a medio metro escaso de su cuerpo tumbado y apresado. Debía ser un sueño. Debía ser algo imposible. Pero un sueño se siente sueño. Él no sentía un sueño. No sentía su lengua ni su piel ni la risa de su padre. No sentía el peso de la memoria ni de los eventos inmediatamente anteriores. No sentía el suave y consolador tacto de la morfina. Su corazón gritó por él.
—Ta... Ta... Ta...
—¡Ah! Ya te escucho. Al fin esa melodiosa voz fuera de las paredes de tu cráneo.
Alarmada por el electrocardiograma, una enfermera de largos cabellos y mascarilla floreada se posó sobre los ojos de Héctor, a pocos centímetros bajo la horrible presencia flotante a la que no dedicó un segundo. La fibrosa piel azul de la enfermera, así como sus ojos desorbitados, espantaron al cómico.
—Ya pasó, señor Depaula. Vamos a subirle la morfina, ¿vale? —pronunció desde una dirección lejana a su boca— Y veamos las métricas del pulmón de acero. No intente hablar, por favor, que su aparato respiratorio está... buf —La enfermera observó al desconcertado Héctor y posó su mano sobre la coronilla—. Nada, usted relájese y le diré al doctor que ya está usted despierto, pero no hable y no fuerce la voz. Ha tenido un accidente un poco feo.
—¿Qué ocurre...? ¿Qué ocurre...?
—No tienes lengua, Héctor. No te oye. —repitió su siniestro acompañante.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Rubén Cantos Castelló os lo agradeceremos.