
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Personajes míticos, escenarios lejanos, guiños a grandes historias; y también momentos íntimos, vivencias del día a día, memorias en las que sentirnos reflejados.
Mitad del mundo ausente es un caleidoscopio de historias donde cada escenografía, cada situación, es una excusa para hablarnos de la vida y las decisiones que tomamos; las circunstancias en las que nos vemos inmersos. Sus páginas nos permiten reconocernos porque todos fuimos niños, hemos soñado y sentido miedo, nos enamoramos, y perdimos, pensamos alguna vez que el mundo puede ser injusto, o nos hemos imaginado dando un salto al vacío para cambiar nuestra vida.
Sus historias, su música, sus geografías, nos interpelan porque forman parte de todos los mundos que integran nuestro mundo
Mariano Barona Molina. Escritor ecuatoriano, nacido en Guayaquil. Estudió en la escuela de comunicación Mónica Herrera, trabajó como redactor publicitario y asesor de comunicación de proyectos culturales. Fue miembro del colectivo de escritura Del Manglar y del Colectivo de artistas Zuákata. En el año 2000 se desplazó a Roma, trabajó para el consulado de su país y realizó estudios de teatro. En el año 2007 se trasladó a Zaragoza, donde estudió el postgrado en Gestión de Proyectos y Políticas Culturales y se involucró en diversos proyectos artísticos y de cultura comunitaria.
Ha publicado los poemarios Demasiados sueños juntos y A trazos de Lutecia, profesor en cursos académicos y talleres de Escritura Creativa, entre otros, ha desarrollado proyectos de poesía teatralizada y otras formas de integración de esta con las artes escénicas y plásticas.
«Mitad del mundo ausente, va de las cosas que dejamos atrás, del bagaje que nos acompaña, y de los procesos en que nos construimos. Los protagonistas de este manojo de historias transitan por sus vidas explorando, reflexionando, descubriendo…; los acompañaremos hasta que hayan cruzado a la ribera opuesta, o hasta que necesiten un descanso. Los veremos llegar a encrucijadas vitales, asistiremos a sus conflictos y dudas, aprenderemos con ellos a ver la vida con una mirada larga.
Las historias han sido construidas con mimo; con la delicadeza o intensidad necesarias para que se desarrollen con la mayor eficacia posible, protegidas por una prosa fluida y limpia.
El conjunto se cierra con un poema que, a modo de epílogo, dota de circularidad al conjunto.»
«Cuando se bajó del bus, se quedó un rato mirando alrededor, intentando entender dónde había llegado. Después supimos que imaginó estar en la última estación, al ver que todos bajaban. Las veces que he recordado ese momento, lamenté no haberle visto la cara cuando el chofer, girando hacia la izquierda, subió el autobús a la vereda, atravesándola para embocar las dos hileras de caña guadúa aplastada que hacían de camino, para que el vehículo, gimiendo y tambaleándose, llegase hasta el arena mojada. Absorta por lo que pasaba ante sus ojos, no se percataría de que los pasajeros caminaban veloces sobre el arena muerta hasta alcanzar al autobús. Confundida, no entendería porque volvían a subirse a él en mitad de la playa, hasta que, girando a la derecha, éste aceleró y partió, seguro y alegre, como no lo había estado durante la hora y media de viaje desde Santa Elena, y se marchó garboso, recortado contra las olas y la espuma mientras la gringa se quedaba con mochila y guitarra, perdida en el malecón de Manglaralto.
Con una mezcla de señas y palabras consiguió localizar un lugar para dormir. Tuvo suerte, entre Monteverde y Olón, El Mar y Río era el único hotel disponible; allí llegó, con su desparpajo y su melena, con sus ojos dulces y curiosos, semiocultos tras grandes gafas redondas. Ojos que casi desaparecían cuando el aire se llenaba con su risa. En la playa frente a la terraza instaló sus horas mirando al mar. Allí empezaban y morían sus caminatas por el pueblo, sus exploraciones ribera arriba del riachuelo que justificaba el nombre del hotel, allí se instaló la gringa sin apuro y sin dudas, demostrando que le daba igual haber llegado a Manglaralto o a cualquier otro punto del camino.
El Mar y Río era un hotelito familiar para los pocos viajeros que se alejaban más allá de Ayangue y gente que, como mis padres y yo, pasábamos allí las vacaciones. El edificio, color blanco, contraventanas de madera pintadas alternativamente en verde claro y azul, tenía, como la mayoría de las construcciones de la zona, una planta baja formada por pilares que elevaban el conjunto unos tres metros sobre el suelo, aprovechando así la brisa marina para combatir el calor tropical y protegiéndose además de las inundaciones invernales; en uno de sus costados, una escalera de madera, ancha y cómoda llevaba a la puerta de doble hoja en color verde agua. Cruzándola, se llegaba al recibidor, a cuya derecha se ubicaba la recepción. A la izquierda, después de unas cristaleras, una estancia cómoda y ancha acogía salón y comedor y daba paso a la amplia terraza desde la que se veía el mar, con esa ola larga y poderosa que es un símbolo del pueblo y que a intervalos regulares empuja la espuma marina metros y más metros sobre el arena gris, revolcando a su paso todo lo que personas y naturaleza dejan olvidado sobre la playa; al fondo, una escalera más estrecha llevaba a las habitaciones de los huéspedes.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Distrito93 e Mariano Barona Molina os lo agradeceremos.