
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Terry siente que su vida en la biblioteca es monótona y sencilla, y no tiene ninguna queja de ello. Le gusta la tranquilidad que le proporcionan los libros. Pero todo cambia una mañana lluviosa en la que atiende a Lissy, una joven de ojos tristes que le hace una pregunta para la que no estaba preparada: “¿Qué pasaría si mañana muriera y no pudiera devolver el libro?”. Un mes después, y aún con la imagen de esa chica en la memoria, Terry se plantea si esa pregunta tiene algo que ver con el hecho de que el libro aún no se haya devuelto. Con un poco de miedo, pero decidida a averiguarlo, hará todo lo posible para encontrar a Lissy y asegurarse de que está bien, aunque eso suponga romper algunas reglas y enfrentarse a uno de sus mayores miedos: la muerte.
Elisabeth McCloud nació en 1998, pero no empezó a interesarse por la literatura hasta el instituto, donde, a través de novelas y cuentos de terror que encontraba en mercadillos de segunda mano, descubrió una manera de dar forma a sus propios pensamientos. Aunque ha explorado otros géneros y estilos literarios como la poesía, la fantasía o el romance, nunca se ha encontrado tan cómoda en ellos como en el estilo noir. En él, puede desarrollar a sus personajes desde un punto de vista enfocado en su crecimiento personal a través de los miedos o traumas. Sus historias están repletas de personajes que cargan con un gran dolor a sus espaldas, ya esté relacionado con la pérdida sentimental de una relación, la muerte de un ser querido, el maltrato o las injusticias sociales actuales del día a día.
«En esta historia hablo del suicidio, pero no ahondo en profundidad en las razones por las que alguien querría quitarse la vida. Ni tampoco hablo del todo de cómo se podría ayudar a alguien que esté sufriendo esta clase de ideas. Pero sí lo hago como lo haría en la vida real: como algo que existe, y que cuanto más nos empeñemos en no hablar de ello, más seguirá pasando. No debemos olvidar que el acto de quitarse la vida es solo la consecuencia de una infinidad de razones tan dispares y diferentes como lo somos todos los seres humanos. Y solo se puede prevenir cuando se pone sobre la mesa y se señala, no desde el miedo o el odio, sino para crear un lugar donde la persona que esté pensando en hacerlo, se sienta segura y escuchada. Algo así pretende hacer este libro. A mí al menos me ayudó.»
«Aquí dentro todos los días son iguales, y siempre serán iguales, pensé. A no ser que llegue el día en el que las goteras que llevan acumulándose en el tercer panel del techo empezando por la segunda línea de la izquierda terminen por pudrir por completo lo que haya encima, y acaben lloviendo trozos de yeso y pizarra, o que el aplique de ese lado que lleva parpadeando desde princi-pios del invierno pasado acabe cayéndosele a alguien en la cabeza.
Con la mala suerte que tienes se te caerá a ti seguro.
Respiré hondo y seguí con lo mío. ¿En qué estaba pensan…? Ah, ya, en que aquí dentro siempre parece el mismo día. Pero fuera, en el mundo común, la gente común podía quejarse de que el lunes era el peor día de la semana, o que los miércoles por la tarde era el día del espectador en el cine, o que los sábados después de las seis de la tarde era mejor evitar ir al centro si no querías encontrarte con borrachos y ladrones.
–¿Teresa, tienes el carrito listo?
Giré la silla, que soltó ese sutil gemido metálico tan carac-terístico que ya conocía de memoria, y sonreí a la chica de mi espalda.
–Lo he dejado en el pasillo de la poesía –me coloqué las gafas–. Y, por favor, llámame Terry.
–Ay, sí, perdona.
–No pasa nada… –intenté decir, pero la nueva, una chiquilla de apenas 25 años, ya andaba camino en busca del carrito. Bajé la voz hasta que todo se quedó en silencio de nuevo.
Con ese nombre solo podías ser dos cosas en la vida: bibliotecaria o puta barata. Y aun así elegiste mal.
–Me lo pusiste tú.
Tu padre me obligó. Era el nombre de su abuela o algo así. Y mira para lo que ha servido: él desaparece una tarde y la que se queda con la reencarnación de esa vieja chocha soy yo. Creo que lo hizo apropósito, para joderme.
Cogí aire de nuevo hasta que sentí un pinchazo en los pulmones. Pulsé algunas teclas al azar y fijé los ojos en la ventana del fondo, siguiendo las líneas que creaban las gotas de lluvia al deslizarse rio abajo en el cristal.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y Elisabeth McCloud os lo agradeceremos.