
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
Tras cuarenta años de prisión, el ex capo Javier Socas recupera la libertad en San Esteban, gueto militarizado y vertedero humano de la megalópolis de Solonso. Allí se reencuentra con su hermano Beto, convertido en un líder mesiánico e inestable de la Brigada del Pueblo, una organización política y armada que reclama el control del lugar. Javier intenta mantenerse al margen de las ambiciones de su hermano y tantea los límites de su inesperada libertad. Pero, pronto descubre que la cadena que lo une a su hermano apenas le deja margen para soñar. Mientras la Brigada prepara su gran golpe contra Solonso, Javier tendrá que decidir qué lealtades pesan más y cuánto está dispuesto a pagar por su billete de ida.
J. E. Salazar (Bogotá, 1986) es escritor de ciencia ficción y novela negra, periodista y redactor digital. Tras vivir en Lisboa, se estableció con su familia en Torrevieja, Alicante. Se graduó en Periodismo por la Universidad Miguel Hernández de Elche en 2014. Es autor de Seis litros de sangre, publicada por La Marca Negra Ediciones, y de Cantos de rebelión, primera parte de la trilogía ACRACIA. Esta última nació del borrador de La ciudad de los tullidos, y de un proceso de escritura y revisión que se ha prolongado durante años. Ha colaborado con medios independientes y locales como redactor y editor. En este volumen explora la exclusión, la supervivencia y la ambigüedad moral a través de personajes que intentan encontrar su lugar en escenarios marcados por la violencia y el desamparo.
«Cantos de Rebelión es un drama incómodo situado en un mundo distópico que lleva la condición humana al límite. La trama se adentra en la crudeza de las vidas de sus personajes y en la humanidad que sobrevive a la brutalidad. En escenarios que pueden provocar rechazo, hombres y mujeres moralmente ambiguos luchan por sus intereses y ponen en marcha una trama que se extiende a lo largo de tres volúmenes. Sus protagonistas son ancianos de una fuerza arrolladora, capaces de disputar el poder con la misma intensidad con la que temen quedarse solos. En ese contraste reside buena parte de la identidad de la obra: seres endurecidos por la vida, que se muestran impasibles ante el dolor ajeno hasta que reconocen su fragilidad y la necesidad de contar con alguien.»
«El aliento húmedo de un miserable preso en régimen de aislamiento quedaba encerrado entre las cuatro paredes enmohecidas de una celda minúscula. Desde fuera se escuchaba una respiración escamoteada, ahogada en lamentos mudos, contenidos, reprimidos, como el gruñido silencioso y cansado de un viejo tigre encerrado. La queja salía de la boca reseca del reo, envejecido antes de tiempo, plantado sobre un suelo gélido de grava, aferrado a sus cuclillas, con los huesos del trasero clavados en el firme rugoso y el mentón hundido entre las rodillas raquíticas. La sensación de haberlo perdido todo se había instalado en él hacía tanto tiempo, que ya no sabía desde cuándo se dejaba arrastrar por la vida, por los años y por la memoria. Sabía que nunca recuperaría lo que alguna vez reclamó como suyo. Ya no luchaba. Había asumido que moriría de esa manera: olvidado y desposeído.
El dolor y el encierro le desataban una rabia felina.
—¡Aah! —se quejó el cochambroso preso de aislamiento.
Desde el silencio potenciado por el blanco nuclear de los tubos fluorescentes de la garita, aquel eco retumbó hasta en el último rincón del techo. Luego se replicó en una queja más anómala, más prolongada.
—¡¡Aaaaah!!
Fue un lamento transgresor dentro del silencio establecido, dentro de lo fijado como permitido y prohibido. Un lamento que llamaba la atención del exterior y hacía sonar las alarmas invisibles de los aburridos guardias del turno de noche. La bombilla oscilante de la garita iluminaba la pantalla de grafeno de un sargento corpulento, que a duras penas se acomodaba entre la silla, la mesa y la pared de detrás. La cabina era tan pequeña como una habitación de aislamiento, pero tenía luz, snacks y enchufes de electricidad. El sargento entornó los ojos al percibir aquel lamento grotesco. De las veinte celdas de aislamiento, creía conocer los ruidos característicos de cada una. Sin embargo, el último quejido le hizo achinar los ojos y afinar el oído. Creyó estar sobre la pista del que se atrevía a lanzar un chillido tan alarmante. Pero no oyó nada más.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Malas Artes y J.E. Salazar os lo agradeceremos.