
Colaborando en esta campaña preventa recibirás el libro en casa antes de que entre en circulación, para que esto sea posible nos hemos propuesto alcanzar en torno a 40 reservas, para iniciar los procesos de edición justo después de finalizar la campaña; en un plazo de unos meses.
En Pasaje Bremen se narra —en primera persona— un lapso breve en la vida de un hombre que, tras años de viaje, termina sus días como extranjero en una ciudad imaginaria. Ciudad donde conoce a un tipógrafo, entre cuyas labores está la no fácil misión de imprimir mensajes que visitantes nocturnos —de todas las edades del la historia— envían a seres queridos, anclados al otro lado de muerte. La narración de sus amores, ilusiones y heridas, y la descripción de un mundo visto a través de la mirada bruna de un hombre que no se reconoce en el tiempo que vivió, nos conduce a presenciar cómo el protagonista de esta historia se ve envuelto en una secuencia de acontecimientos que, iniciando con la muerte del tipógrafo, desembocan en dos realidades paralelas: una, su nuevo quehacer como impresor; la otra, su propia muerte.
Andrés Balaguera Antolínez es doctor en astronomía. Durante 20 años se dedicó a la investigación científica, colaborando en grandes experimentos con telescopios terrestres y espaciales, en diversas instituciones y en países como Colombia, Alemania, Italia y España. Es experto en programación y análisis estadístico. En su haber cuenta con un gran número de publicaciones de carácter científico, dedicadas a la cosmología teórica y observacional. Nacido en Bogotá (Colombia, 1977), reside desde el 2017 en la ciudad de San Cristóbal de La Laguna, provincia de Santa Cruz de Tenerife (España). Se desempeña de forma autónoma como analista y consultor en temas relacionados con la astronomía y la ingeniería. Además de la escritura y la lectura, su tiempo lo dedica a la música. Con Pasaje Bremen, su primera novela, incursiona en la literatura.
«Pasaje Bremen intenta ser una novela contemporánea. La narración, en primera persona y en un español que abarca las dos costas del Atlántico, es introspectiva, con reflexiones sobre el mundo, la desazón y la melancolía, ambientada en una tiempos y geografías imaginarias. Despliega esta novela una largas dosis de dureza, fantasía, música, ingenuidad, añoranza, ambición y socarronería, que pueden permear los gustos de un lector que, en pos de una forma íntima de propfundidad, no busque en estas palabras acciones heroicas, ni sagas eternas adornadas por tragedias, héroes o hechizos mágicos, sino una puesta en escena de la vida misma, el amor, la muerte; aquí hallará un intento por dibujar, con palabras, el modo en que la condición humana mezcla estos ingredientes para definierse a sí misma.»
«Fue mi padre quien me enseñó que son precisamente los habitantes de los mal llamados países “pobres” quienes fabrican el polvo blanco, a golpes de amarguras, de sangre, de muerte, de químicos producidos por multinacionales y sobre todo, llevados por la ilusión de dejar de ser pobres; todo para que aquellos que habitan los mal llamados países “ricos” intenten –siempre en vano– llenar la podredumbre de su soledad con algo que no les deje ser ellos, al menos por unos minutos. Pero al ver que ni siquiera con eso lo logran, al ver que cada vez necesitan más, al ver que con nada se satisfacen, que el negocio no les rinde, y que alguien tiene que pagar por su falta de moral y la profundidad de sus abismos, culpan maliciosamente –desde sus oficinas en altos rascacielos y ventanales de espejos– a los fabricantes –que viven en casas bajas de madera y ventanas de lata–; los estigmatizan, como si consumir no fuera tan grave como producir, y agazapados tras las leyes hechas para la “gente de bien”, llenan la tierra que da la hierba sagrada con hambre, balas y bombas, hasta convertir a sus habitantes en los únicos malos de ese relato siniestro, a los cuales hay que castigar ejemplarmente, con embargos, sanciones, ejércitos invasores y dictaduras de plomo y tierra, tras lo cual, una vez se ven indultados por el mundo que observa y calla, ellos, los mal llamados “ricos” vuelven a sus oficinas, a sus discotecas, a sus clubes, a sus campos de golf, victoriosos, orgullosos y erigidos como faros morales para regalarse otra merecidísima raya de polvo que los libere de su estrés. Sé que me equivoco hilando tan fino en algunas cosas. Lo sé, porque soy también de aquellos que cuando se sienten cuerdos, hacen gala de entender la existencia y la naturaleza de los matices en cualquier contexto; en este caso, ese matiz podría ser aquello que dicta que no hay ni “ricos” ni “pobres”, sino miseria humana en todas sus facetas; miseria que produce distintas formas de veneno que va por ahí matando, sea por exceso de azúcar, sea por exceso mercurio o por la pócima derivada de la ruta del opio que perfora los brazos ya sin venas– de seres que terminan olvidándolo todo en un rincón oscuro del mundo y de sus vidas, incluso el rostro de la madre que los parió. Sí, puede que ese matiz sea tan válido como el blanco y negro, o como aquel que pone de frente a la hipocresía del mundo como vertedero de toda esperanza. Puede entonces que me equivoque yo en alguna de las formas de mi juicio. De algo sí estoy seguro: era mi padre el que no se equivocaba.»
Por otro lado, independientemente de que colaboréis realizando vuestra reserva o no, en ocasiones no se puede, sería una inestimable ayuda que os hicieseis eco de esta campaña a través del boca-oreja o por redes sociales... la Cultura, Distrito93 y Andrés Balaguera Antolínez os lo agradeceremos.